Escena de Superman. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Recuerdo perfectamente la primera vez que vi a Gene Hackman. Yo debía tener nueve o diez años y en la tele pusieron French Connection. Mi padre, un señor moderadamente cinéfilo, me dejó verla a su lado. De aquel visionado solo recuerdo la persecución y que al protagonista le llamaban Popeye (años más tarde descubrí que a mi padre lo que realmente le gustaba de esa película era Fernando Rey y no las persecuciones, o Gene Hackman. Él mismo se encargó de explicármelo en una de las conversaciones más largas que jamás hemos tenido: «Ese señor, hijo mío, ese señor es un monstruo».
También recuerdo perfectamente la última vez que vi a Gene Hackman. Fue hace unos dos años en Nueva York. Una noche contaron en televisión que le había soltado un guantazo a un tipo que había sido maleducado con su esposa delante de una tienda. De algún modo pensé que aquello era algo muy propio de Hackman: ofensas las justas.
Pero si hay un día que recuerdo aún mejor es cuando en 2008 leí una entrevista en la que Gene Hackman confirmaba que se había retirado. No hubo rueda de prensa, ni comunicados, simplemente se fue, como el que se pone el sombrero, se abrocha el abrigo y sale a la calle para no volver jamás.
Recuerdo que pensé que igual era el momento de dejar de ir al cine, de empezar alguna clase de luto. ¿Qué coño hacemos en un mundo donde Gene Hackman decide que no va a hacer más películas? «Me cansé, y no lo echo de menos», decía a la agencia Reuters en 2008. Ni siquiera Eastwood pudo convencerlo para que volviera a la guerra. «Paso», supongo que le respondió. Todo el mundo sabe que Hackman era un actor de pocas palabras.
Luego traté de reconciliarme con él comprándome sus libros, pensé que quizás sería un gran escritor si dedicaba ahora todo su tiempo a ello. Llegué hasta el tercero, un libro sobre la guerra civil estadounidense. Era un auténtico coñazo. ¿Así que se había retirado para escribir libros del montón?
Desde entonces cada vez que he entrevistado a alguien que trabajó con él le pregunto qué opina de que un actor así se haya retirado: normalmente contestan torciendo la boca, como si no supieran qué decir.
El cine americano, el cine en general, sería otra cosa sin la presencia de este señor californiano. Diría que ha habido pocos actores tan determinantes, tan sumamente poderosos.
Yo me acuerdo bien de algunas cosillas de Hackman. Le recuerdo de malo maquiavélico, de villano hilarante, de Lex Luthor en el Superman de Richard Donner; le recuerdo (en una de esas épocas en que a uno le entra la vena completista) en una noche en que me zampé juntitas La conversación, Muerde la bala y La noche se mueve; no me olvido (¿cómo podría?) de su cameo en El jovencito Frankenstein, ni de Hoosiers, porque después de ver esa película me empeñé en fracasar como jugador de baloncesto (objetivo que conseguí con total solvencia). Y claro, en Testigo accidental, Arde Mississippi o A la caza del lobo rojo.
Y por supuesto, le considero lo mejor de Wyatt Earp, lo mejor de Enemigo público y lo mejor de La tapadera.
Seguro que cualquier cinéfilo que se precie de serlo puede cerrar los ojos y recordar al menos veinte películas con Hackman. Que si Marea roja, que Sin perdón, que si Poder absoluto, que si Los Tenenbaums, que si El último golpe.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Sin embargo, sus últimas tres películas no las recuerda nadie. Son más o menos como sus libros, pero en versión fílmica. Y siempre me he preguntado por qué se retiró realmente. Y sobre todo, por qué no habló de ello hasta 2008 (cuando no hacía películas desde 2004) ni salió y dijo «cabrones, me retiro».
Imagino que le importaba un pito. Que tiene un rancho en uno de esos pueblos que conocía porque había rodado wésterns en ellos o simplemente porque un día pasó en coche y pensó que no estaría mal tener una casa allí. Seguramente no debe tener ni teléfono y se pasa el día en el porche aporreando la máquina de escribir y pensando en comprar unas cuantas gallinas más. Igual tiene una estantería con sus libros pero ni un maldito DVD.
Me dan ganas de plantarme en su casa con unos cuantos amigos para decirle qué cojones se ha creído. Lo visualizo abriendo la puerta con un gigantesco puro, sosteniendo uno de sus dos Óscar como si fuera una porra.
Debo confesar que solicité una entrevista con él hace unos meses, su editor me dijo que lo intentaría pero que era difícil porque los derechos de sus libros para España no se habían vendido. Me dieron ganas de decirle «no me extraña» pero me callé. Hasta he pensado en comprar yo mismo los derechos para poder entrevistarle pero el precio se me escapaba y a los autónomos no nos conceden préstamos.
El quid de la cuestión es que me cuesta admitir que un actor tan espléndido, uno de los mejores de la historia, pueda dejar el cine durante una década y que no hayan ardido las colinas de Hollywood, que no haya habido alguien en un gran estudio que se haya cabreado y haya dado un puñetazo en la mesa: «¿Cómo demonios vamos a dejar que se retire este tío?».
Hackman se fue como el loco que se separa de su embudo o la puerta que un día deja las bisagras y se va a ver mundo: ni una justificación, ni una palabra. Y apáñate como puedas.
Yo —como tantos otros y otras— crecí con él, uno de los pocos tipos que me aseguraba que no iba a pagar por ver una mala película porque una mala película de Gene Hackman era mejor que la mejor de cualquier otro. Cuando tuve edad de ver películas en versión original me sorprendió esa voz de Macallan 18 y su facilidad para retorcer las palabras para meterlas en una boca pequeña.
Hace años escribí en un perfil del actor para una revista que lo que habría que hacer es ir a su casa, secuestrarle y obligarle a rodar tres o cuatro películas y sigo pensando que no es una mala idea. No podemos permitir la impunidad. Si dejamos que Hackman se retire sin represalias, un día nos quedaremos sin Jack Nicholson, al siguiente sin Scorsese y al otro sin Eastwood. Si algo hemos aprendido con tantas series de abogados es que los precedentes siempre son peligrosos.
Gene Hackman tiene ahora ochenta y cuatro años, sigue gastando la misma voz de cabronazo y está en buena forma si acaba de atizarle a un mamarracho que se metía con su mujer, así que no todo está perdido.
No me hagas odiarte, Gene. Vuelve.
Source:
http://ift.tt/1uFM89H